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En este post hablaré la alteridad en un ensayo de la doctora Helen Kolias, catedrática del Departamento de Literatura Clásica de la Universidad de Cornell (Nueva York, EE UU). Este texto, publicado en 1990 en la revista Journal of Modern Greek Studies, trata sobre la autobiografía de Elisavet Moutzan-Martinengou (1801-1832), considerada como la primera escritora de prosa en griego moderno y defensora de los derechos de la mujer a la educación, y cuya obra fue prácticamente destruida en un incendio que precedió a los terremotos de Zakyntos en 1953; solo sobrevivieron algunas cartas, poemas y textos sueltos a la catástrofe (The Literary Encyclopedia, 2016).

Kolias crítica la traducción como se entiende generalmente, en lugar de hablar de fidelidad al texto original, prefiere decantarse por la corriente hermenéutica al afirmar que traducir es interpretar. Nos habla del concepto de «reterritorialización» (empleado por Deleuze y por Guattari), o de cómo crear un nuevo espacio en un nuevo medio para un texto extranjero. Es decir, lo opuesto a la desculturización del texto origen (que ella considera violenta).

Kolias divide este proceso de reterritorialización en tres etapas:

  1. decisión (o familiarización con el texto);
  2. ejecución (traducción como reescritura del texto), y
  3. presentación (llegar al receptor).

La catedrática griega nos dice, en definitiva, que la traducción de My Story es una traducción con la que hay que tener especial cuidado porque se trata de una literatura menor, ya que las pioneras como Elisavet suelen encontrarse solas (como toda persona que aporta algo realmente innovador) en sus iniciativas, o bien, en clara minoría. Por tanto, es muy importante prestar atención al escopo (destinatario del texto, propósito) original del texto, hacer un ejercicio de alteridad para captar el tono, el registro y el estilo original.

La reterritorialización hace que el proceso traductológico conserve la identidad del texto origen y mantenga su efecto en el texto meta; a tal efecto se debe ser un lector atento, a la voz de la autora ‒una mujer culta‒, que se instruye y que se niega a asumir su papel pasivo que le plantea la sociedad.

La voz en cuestión sigue su propio ritmo que se encuentra en la sintaxis. Kolias echa mano de su experiencia para recordar una voz similar en su infancia: el traductor debe emplear todos sus recursos y experiencias para empatizar con el autor del texto.

Aunque hoy en día no se habla tanto de la intención del autor, sino, más bien, de la intención del texto; lo primero solo es posible si el autor está vivo y se le pregunta directamente; lo segundo es lo que siempre se va a encontrar un traductor. Su capacidad hermenéutica será lo que determine si se acerca lo más posible a lo pretendido por el autor.

My Story, podría ser perfectamente, según Kolias, objeto exclusivo de Estudios de la Mujer (Women’s Studies), pero ella afirma que sería interesante para los estudiosos de griego moderno (esa es la propuesta de su ensayo), porque, al fin y al cabo, lo que se valora es el talento y este no entiende de géneros.

Por otra parte, una mujer «que lee», sobre todo en el siglo XIX, es una mujer que toma conciencia de dónde se encuentra en la realidad y, primordialmente, de cuál es el lugar que en realidad se debe encontrar para que su situación sea justa. En este contexto, el traductor debe trabajar con el receptor de la obra en mente y teniendo en cuenta que una traducción viene marcada progresivamente por el género, la ideología, el poder, la cultura y, por último, la lengua.

Por consiguiente, el traductor debe ser consciente de su posición y de lo que quiere comunicar con su traducción. En el tratamiento de este texto menor, Kolias señala que Elisavet escribía de manera fragmentada, sin mucha unidad, y eso debe ser reflejado en la traducción.

¿Por qué? Pues, porque de esta forma se muestra con mayor objetividad lo divididas que se sentían las mujeres en una sociedad patriarcal, en la que para hacerse visibles las mujeres debían asumir roles masculinos, por lo que les acaba afectando al ser infieles a su naturaleza femenina (en la sociedad victoriana se las diagnosticaba injustamente de histéricas). Un ejemplo paralelo es el de los afroamericanos en Estados Unidos y su relación respecto a los blancos, tal y como muy bien se refleja en la novela de Ralph Ellison El hombre invisible (1952).

En suma, la literatura menor se debe tratar con mucho esmero a la hora de traducirla, para ello el proceso de reterritorialización es considerado por Kolias como el más adecuado. El traductor debe ser capaz de hacerse visible a sí mismo como, en este caso, a la autora del texto. Solo mediante buenas traducciones se logra universalizar el mensaje de las mujeres en la literatura y, por esa razón, comprender bien lo que reivindican, para así ponerse en su lugar.

Los traductores tenemos una gran responsabilidad respecto al uso que hacemos del lenguaje ya que a su vez este afecta al poder y a la cultura.

 

Referencias bibliográficas

2 Comments

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