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Leer, aunque parezca una verdad de Perogrullo, es uno de los hábitos más importantes de todo traductor y, como hábito que es, requiere práctica deliberada. Por eso es importante saber que cuanto más variadas sean nuestras lecturas, mayor capacidad tendremos al trasladar el texto de un idioma a otro.

 

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Libros de bibliotecas universitarias que estoy leyendo actualmente.

Cuando me refiero a leer no me refiero a leer cualquier cosa (mensajes en redes sociales, correos electrónicos, etc.) –aunque también puede resultar útil leer los botes de champú en varios idiomas para conocer las palabras que se suelen usar–, sino a leer libros, tanto de literatura como cualquier tipo de ensayo. De hecho, mi decisión de estudiar Filología Inglesa –y posteriormente especializarme en traducción–, aparte de aprender una competencia profesional completa en inglés, fue motivada por mi amor a la cultura y los libros.

Leer para conocer otras culturas

Está claro que si uno lee en sus idiomas de trabajo, aumenta su bagaje cultural y empatizará con otras visiones del mundo distintas de la de su localidad. Eso a la hora de traducir es crucial porque, al tener cada lengua su propia cultura, nos permite conocer y ver qué valores, costumbres y creencias pueden influir en el texto origen que queremos verter en nuestro idioma. En ese sentido son acertadas las palabras del profesor Emilio Ortega cuando afirmó en una entrevista que el esperanto no ha triunfado como lengua universal porque no tiene una cultura propia.

En ese sentido, conocer a los autores clásicos de cada país, empaparnos de su alta cultura, hará que afinemos nuestra competencia cultural y cultivemos la alteridad. Ejemplo de ello es cómo Nida tradujo la Biblia para esquimales cambiando la referencia del Cordero de Dios por la Foca de Dios, ya que en el polo norte es muy difícil encontrar un cordero.

Aumentar vocabulario/terminología

El hábito de leer ayuda a ganar léxico; lo contrario es prácticamente imposible, a menos que siempre leamos los mismos textos. Aquí es muy importante, no solo especializarse, sino leer una gran variedad de textos. Por ejemplo, suelo leer libros sobre economía, traductología, liderazgo, marketing, biografías, empresas, finanzas, monografías de psicología, oratoria, neurociencia, semántica, política, gramática, lexicografía, etc. Esto me ha servido a conocer términos de todo tipo y su frecuencia de uso en los distintos idiomas (en mi caso, español, francés e inglés). 

Este bagaje nos ahorra una gran cantidad de horas buscando en diccionarios o glosarios, aunque no hay que prescindir de ellos. Además, no solo hay que limitarse con leer lo que nos gusta, sino leer hasta los sobres de sopa, los modos de empleo de aparatos eléctricos, contratos, etc. Nunca se sabe cuándo nos pueden ser útiles.

Registros lingüísticos

En cuanto a la sociolingüística, el uso adecuado de los registros puede marcar la diferencia entre un traductor fino de otro del montón. A tal efecto es recomendable leer mucha literatura, ya que en ella se pueden producir todo tipo de contextos comunicativos entre hablantes de todo tipo.

No habla igual un director de una compañía con un aprendiz que con sus otros homólogos de profesión; en el primer caso, tendrá que adaptar el grado de especialización de su lenguaje para hacerse entender; en el segundo caso, usará la jerga propia de su profesión (de hecho, el uso de la jerga hace que se cree un halo de exclusividad de círculos sociales al no dejar que cualquiera penetre en ellos).

Respecto al texto que vamos a traducir, conocer y ser hábil en el manejo de los registros hace que sepamos, en función del destinatario del texto y del estatus del emisor, cómo articular nuestra traducción para que sea pertinente en su contexto.

Aumento de la velocidad al traducir

El proceso de lectura, si lo tenemos interiorizado a base de leer textos y acumular horas y horas de lectura, hace que poco a poco se vaya automatizando en nuestro cerebro y este se vuelva más eficiente para dicha tarea al gastar menos recursos cognitivos. Esto sucede con cualquier hábito. Por ejemplo, cuando aprendemos a conducir, al principio tenemos que tener mil ojos para estar pendientes de los intermitentes, los pedales, las marchas, el volante, la carretera, etc.; con la práctica, estas tareas se automatizan y las hacemos de forma inconsciente y prácticamente sin errores. Lo mismo pasa con la lectura.

Esto nos permite ganar agilidad mental y velocidad lectora, con lo cual, facilita el proceso traductor.

Para finalizar, está claro que leer nos vuelve más cultos, socialmente y profesionalmente competentes, como hemos visto. Por tanto, joven traductor o estudiante, no te limites a las lecturas obligatorias de tu carrera o a leer solo el contexto más cercano del texto origen, corre una milla extra y ve más allá. No se trata tanto de ganar saberes, sino, sobre todo, de ganar una competencia que te servirá para el resto de tu vida y que te permitirá diferenciarte de los demás profesionales. Dicho de otro modo, saber mucho es de intelectuales, saber usar los aprendizajes es de personas inteligentes.

 

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