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Antes que nada, quiero que leas esta cita de Julio Cortázar:

 

Yo le aconsejaría a cualquier escritor joven que tiene dificultades de escritura, si fuese amigo de dar consejos, que deje de escribir un tiempo por su cuenta y que haga traducciones; que traduzca buena literatura, y un día se va a dar cuenta que puede escribir con una soltura que no tenía antes.

Julio Cortázar, en ‘Conversaciones con Cortázar’, de Ernesto González Bermejo

 

A mí tampoco me ha dejado indiferente la cita, aunque bien es cierto que puede que sorprenda más a alguien ajeno a la profesión de traductor. En suma, aquí subyace una idea muy clara: traducir mejora nuestra forma de redactar, ordena la sintaxis y hace que hablemos con más propiedad y concisión; nos convierte en escritores.

¿Llevaba razón Cortázar?

Uno puede pensar que entonces todo traductor experimentado no tendría ningún problema a la hora de emprender la aventura de crear obras literarias originales e incluso tendríamos ventaja sobre todo autor (hasta de bestsellers), ya que, gracias a nuestra pericia, partiríamos con una ventaja profesional de la que carecen en principio los demás; aunque ya puedes intuir que esto no es exactamente así.

En primer lugar, estimado lector, no todo el mundo tiene talento vocación para crear historias originales, imaginar una trama bien articulada y fluida en un tiempo y lugar determinados (o cronotopo [no confundir con cronopio]), dar vida a distintos personajes con sus correspondientes registros socioculturales y dar a ese todo coherencia, interés y estética. Nada fácil, ¿verdad?

No obstante, bien es cierto —y es ahí donde quiero situar mi interpretación de la cita del autor de Rayuela—, un traductor literario es un gran cohesionador, arquitecto de la sintaxis, relojero del verbo y sus concordancias, conocedor de muchos matices léxicos (ya sabemos que los sinónimos no lo son nunca al 100 %), además de persona conocedora de la naturaleza humana. Dicho de otra forma, tenemos herramientas de sobra para que el resultado de nuestro trabajo cree la ilusión al lector de que lo que lee está escrito en su idioma (retomando a Saramago, hacemos de la literatura algo universal).

Por consiguiente, a tenor de lo que acabo de decir, se puede decir que nuestro autor estaba en lo cierto. Si no, te aconsejo que converses un rato con un traductor avezado; da gusto. Parece que no, pero acostumbrarse a verter textos de otro idioma al tuyo (o viceversa) hace que manejemos cada vez mejor el verbo, aclaremos conceptos y, lo más importante, comuniquemos ideas con propiedad y eficacia. No hay nada más elegante que un texto al que no le sobra ni una sola palabra.

Por otra parte, hay técnicas psicológicas que se aplican en terapia (véase la terapia narrativa), mediante las cuales el paciente debe escribir, transmitir su relato, y luego darle otra perspectiva hasta lograr distanciarse de su problema. De esta forma, se pueden crear nuevas perspectivas y abordar un problema con una solución no pensada a priori: escribir nos organiza las ideas y da coherencia a nuestro razonamiento. Por tanto, como apunta Vicente Fernández González, la traducción puede tener propiedades terapéuticas.

¿Podemos ser escritores como Cortázar, entonces?

Buena pregunta, no cabe duda de que el autor que nos ocupa tenía un talento (muy trabajado) excepcional y una gran inteligencia lingüística, pero eso no significa que un traductor normal no sea capaz de escribir sus obras. Al fin y al cabo, somos coautores de toda obra que traducimos; lo que nos suele frenar son, en muchas ocasiones, las creencias limitantes o la falta de tiempo. Es decir, un traductor literario tiene recursos, formación y experiencia para hacer un trabajo digno, como reitero. Si te sientes capaz, ya encontrarás los medios para ser más creativo y empezar a trabajar y a articular tus ideas. Es más, pocos nos ganan a la hora de documentarnos, tarea indispensable a la hora de escribir.

Recapitulando

En definitiva, traducir implica trabajar de manera exhaustiva con el idioma (mucha lengua meta), la cultura y la gestión de tiempo. Además de forzarnos a ser creativos en muchas ocasiones y resolver problemas que plantean los textos. Todo esto es un bagaje que nos forja como escritores de una forma u otra; la dificultad reside en la capacidad de ser originales. Con la traducción aprendemos a andar guiados de la mano del texto origen, por lo que poco a poco podemos adentrarnos en el mundo de la creación literaria al soltarnos de dichos «progenitores» y caminar libremente. Eres libre de expresarte (o no).

 

Imagen.

 

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