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Me considero una persona afortunada al haber podido disfrutar durante las últimas semanas de un ensayo que he degustado sorbo a sorbo, como los mejores cafés: el libro del crítico literario y cultural inglés Terry Eagleton, con un título conciso pero lleno de peso semántico: Cultura. Es todo un placer reseñártelo para ti, lector.

Estructura

El libro se divide en cinco grandes capítulos, de entre 20 y 40 páginas, que comprenden desde: 1. Cultura y civilización, 2. Prejuicios posmodernos a 5. De Herder a Hollywood, pasando por 3. El inconsciente social y 4. Un apóstol de la cultura (referido a Oscar Wilde). Un total de 198 páginas que configuran un libro conciso que no necesita añadir ni una página más para dejar satisfecho al ávido lector.

El concepto

Si hay algo que deja claro este libro es que la palabra cultura tiene muchos significados, ya sea dentro del contexto occidental, tribal, nacionalista o incluso capitalista. El hecho de que dicha palabra sea tan multifacética hace que resulte difícil elaborar una teoría unificada sobre ella. Por ejemplo, y, al igual que en su libro anterior sobre la misma temática, La idea de cultura, Eagleton distingue entre cultura y civilización, al ser la primera considerada como las costumbres locales; y la segunda, el todo abarcador, conquistador, la Cultura (con C mayúscula) que regula y coloniza a las demás.

 

En consecuencia, se puede hablar de cultura como la resistencia ante el poder civilizador. Dicho de otra forma, civilización sería el hecho de que haya buzones en las casas; y cultura, el color en que estos están pintados. Siguiendo con el símil, la civilización es lo que nos proporciona las cañerías en las ciudades; la cultura, la hora a la que se suele duchar la población de una metrópoli. En ese sentido, la civilización es la precondición de la cultura. T. S. Eliot consideraba que la cultura comprende «todos los intereses y actividades característicos de un pueblo», a lo que Eagleton responde que «la cultura británica está compuesta por distintos pueblos que viven de distintas formas en el mismo lugar»; por tanto, Eliot no hilaba tan fino respecto al concepto.

Cultura, debido a las diferencias entre grupos, podría considerarse también como semilla de discordia, donde los pueblos enfrentados se aferran a su propia simbología (como tristemente está pasando ahora en España). Esta idea refuerza la noción de pertenencia, de identidad. Por esa razón, el autor afirma que el cosmopolitismo es algo deseable pero de raíces poco profundas. Esto explicaría, entre otros motivos, por qué el idioma esperanto no ha triunfado: porque carece de cultura propia.

Otras antítesis

No obstante, civilización no es la única antítesis de cultura. También existe la polaridad entre cultura y barbarie. Lo que nos hace plantear: ¿son las artes lo que lo representa lo mejor en el ser humano? Si todo lo que hacemos —en nuestra vida cotidiana—, no tiene por qué estar relacionado con la cultura, ¿se nos puede considerar bárbaros?

Como opuesto de naturaleza (concepto también ambiguo), cultura sería como aquello creado por el hombre, pero cuando de se habla de la naturaleza de los banqueros cuando engañan a sus clientes, o de la naturaleza del capitalismo, en el primero caso estaríamos afirmando un juicio de valor; en el segundo, daríamos a entender que los ciudadanos de la antigua Persia se dedicaban a prácticas antinaturales; estaríamos naturalizando lo cultural. Se tiende a presentar a la naturaleza, según Eagleton, como un refugio de serenidad frente a la civilización, pero puede ser lo opuesto: la civilización suele dotar a lo natural de significado, ya que lo segundo es demasiado volátil e impredecible.

Otros puntos relevantes

Vista desde un enfoque posmoderno, cultura ha florecido de diversas formas: desde la cultura gay, la cultura de la moda hasta la cultura sij y la cultura de los Latin Kings; y esto para algunos pensadores de esta corriente resulta encomiable. Pero el hecho de que haya variedad no implica que sea ventajoso. Según el autor, no hay nada de irracional en temer a los otros (en contra de la idea de otredad o alteridad). Por ejemplo, cuando una banda de narcotraficantes invade tu barrio. Por consiguiente, elogiar la diversidad cultural tiene un coste enorme.

De Oscar Wilde habla de la mentalidad escindida con la que vivía el escritor irlandés: entre su cultura de origen (Irlanda) y de residencia (Inglaterra); o en cuanto a su orientación homosexual respecto a la norma imperante. No se sentía cómodo en la sociedad inglesa, que coincidió con la decadencia del linaje anglo-irlandés, en la que desposeyeron a la burguesía irlandesa de sus tierras. En consecuencia, se volvió el bufón oficial de la clase dirigente, y esto se veía reflejado en sus obras, ya sea El retrato de Dorian Gray o La importancia de llamarse Ernesto (de earnest, «sincero, serio, honesto»), donde imitaba a sus anfitriones burlándose de ellos.

Para Wilde, la identidad es algo provisional y problemático, su vida consistía en interpretar un papel. Se dedicaba a vivir estetizando la existencia humana: el arte era un prototipo de la vida, no su sustituto. Se puede concluir que el autor irlandés aportó muchísimo al mundo de la cultura, dejando una gran influencia en el nacionalismo revolucionario.

Respecto a la actualidad, se puede decir que la idea de cultura se ha transformado mediante la cultura de masas, que hace —al estar al servicio del libre mercado— que la idea original del concepto que trata Eagleton se devalúe; evitamos jerarquizar, discriminar. Esto afecta tanto a ámbitos de consumo, las universidades hasta la guerra contra el terror, donde el choque entre el capitalismo occidental y el islam radical es más bien una cuestión geopolítica, no cultural o religiosa.

¿Veredicto?

Pese al pesimismo del autor en lo que respecta a la sociedad de consumo y a la diversidad de la que gozamos actualmente, tengo que reconocer que se trata de un libro muy bien documentado y que está enfocado de una forma más directa y comprensible que su libro La idea de cultura, en el que el mensaje estaba —a mi parecer— bastante más difuso. Cultura parece un librito, pero está cargado de información, argumentos y ejemplos pertinentes e ilustrativos. Me siento más culto al haberlo leído.

Felicito a su traductora, Belén Urrutia, por un trabajo de redacción y de precisión semántica que roza lo impecable: el libro nos transporta y engancha desde la primera página a la última de la conclusión gracias a una prosa fluida y grácil, que evita cada trampa tendida por los calcos ingleses, y que nos incluye alguna que otra nota de la traductora que enriquece, cómo no, su lectura.

Por cierto, las Navidades están a la vuelta de la esquina: he aquí una estupenda idea de regalo económico; un regalo que seguramente cumplirá con su función: la de ser un artículo de consumo y de conocimiento, y no la de mero objeto decorativo de nuestros atestados anaqueles. ¡A disfrutarlo!

Referencias bibliográficas:

Eagleton, T. (2017). Cultura. Traducido al castellano por Belén Urrutia. Barcelona: Taurus-Penguin Random House

 

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