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Parece que fue ayer cuando empecé de forma más regular a impartir lecciones de inglés y de francés a mis queridos alumnos en sus domicilios. Más de tres años de fotocopias, explicaciones, poner ejemplos y ver cómo consiguen sus objetivos. Hoy te contaré lo principal que he aprendido durante estos años en este contexto.

Los primeros meses: «los conejillos de Indias»

Por decirlo de alguna manera, mis primeras alumnas fueron un poco como «conejillos de Indias»; me explico: no tenía apenas una metodología propia que aplicar ni experiencia docente (salvo algunas clases puntuales que di en mi adolescencia), pero sí muchas ganas de hacerlo bien. Al principio, inundaba de fotocopias con ejercicios a mis alumnos, pero con el tiempo me di cuenta de que ese no era el camino, ya que acaban desconectando.

Para empezar, el alumno promedio quiere que le transmitas motivación por una materia que generalmente no le agrada o la considera extremadamente difícil. Por esa razón, empecé a escuchar y sondear más sus preocupaciones, al igual que a ver su grado de comprensión de la materia. Solo entonces, la cosa mejoró considerablemente.

Cada alumno es un mundo

Bien es cierto que hay aprendedores rápidos, pero los hay también más lentos o menos motivados. En el primer caso, fui capaz de que uno de ellos aprobase un examen de DELF (de francés hasta B2) con una nota brillante y partiendo de un nivel bastante bajo. Su ventaja era que comprendía muy rápidamente mis explicaciones y que tenía cierta soltura a la hora de la expresión oral (pese a su limitado vocabulario). La clave está en que él sabía transmitir entusiasmo y desparpajo.

En cambio, también he tenido alumnos con déficit de atención. Con estos es crucial seguirles paso a paso en cómo están comprendiendo las cosas, además de repetir con paciencia y de forma constante, y asimismo poner ejemplos adecuados en consonancia con sus gustos personales. Por ejemplo, suelo hablar mucho de los deportes que practican mis estudiantes o de la música que escuchan. Establecer una conexión, una «alianza terapéutica», como se dice en psicología. Y funciona.

Los alumnos no son tus amigos

Bien es cierto que esta es una parte que a veces me cuesta porque me llevo bien con todos los que han pasado por mis clases y mantengo el contacto con la mayoría. Me encanta ver cómo evolucionan en sus estudios o consiguen esa ansiada plaza en un colegio. Sin embargo, como sucede en consulta psicológica, es importante mantenerte en el papel de profesor; no el de colega. ¿Por qué? Pues porque si la relación es demasiado cercana, se pierde la eficacia del aprendizaje y se avanza mucho más despacio. No digo que debas ser una figura de mucha autoridad, pero sí mantener las distancias para que el alumno se tome en serio las clases y así alcance sus metas.

Mantener la atención

Esto está relacionado con el primer punto. Todo profesor desarrolla un sexto sentido para detectar caras de cansancio y de aburrimiento de sus estudiantes. Por lo general, mis clases duran entre una hora y dos, siendo las clases largas las que hay tener esto más en cuenta. Procuro siempre dar algo de gramática antes de pasar a los ejercicios, pero, como es sabido, no se pueden soltar rollos teóricos durante mucho rato. Por eso, alterno los ejercicios escritos con ejercicios orales, describir fotografías o juegos ─como el de la oca─ adaptados a los idiomas (decir una frase en negativo, decir la hora, nombrar el color favorito, etc.). Esto último lo aplico con los chavales más jóvenes, que desconectan antes.

El transporte

Aunque doy clases hasta el Palo (Málaga, España), en la otra punta desde donde vivo, cada vez acepto menos alumnos que estén a más de media hora de mi domicilio. El tiempo es un activo precioso pese a que procuro pasar ese tiempo entretenido con un libro o el móvil. Bien es cierto que, al principio, cuando no tienes clientes, dices que sí a todo, pero si te dicen de ir a la otra punta de la ciudad o a un pueblo cercano para una hora de clase, la verdad, no me compensa ni subiendo mis honorarios.

Para terminar, simplemente digo que me encanta mi trabajo, no solo por la flexibilidad de horarios, sino porque veo que mis estudiantes progresan y me lo agradecen mucho. Quizá en un futuro me plantee dar clases en línea, pero la idea es que quiero que sea un complemento salarial más que mi trabajo principal. No obstante, en la medida que me voy ganando clientes como traductor, el trabajo de profesor es algo que tengo muy presente estos días. Como dijo David Carradine en la serie de la década de los ochenta, Kung-fu: «El día en que deje de enseñar será el día en que deje de aprender».

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