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Traducir o dar clases de idiomas requiere tiempo de formación, preparación y, sobre todo, de aprendizaje continuo y empatía. Todo esto no es posible sin amor por tu trabajo; este es precisamente el principal motivo por el que saco tiempo y energías para dedicarme a ello. Pero el amor puede ser tanto fruto de un flechazo como de una perseverante conquista.

Aunque siempre he tenido mucha curiosidad, esta estaba enfocada en diferentes disciplinas a lo largo de mi vida. Cuando era pequeño, me fascinaba todo lo relacionado con el mundo animal (aún conservo gran parte de las enciclopedias sobre esta temática que me regalaron mis padres) y el dibujo. Solía ser el que mejor dibujaba de mi clase de primaria. También recuerdo lo mucho que me gustaban las arañas; tanto es así que me imaginaba siendo un prestigioso aracnólogo que analizaba incansablemente las bolsas de veneno, el cefalotórax y los afilados quelíceros de las tarántulas brasileñas.

Más tarde, en mi adolescencia temprana –en Suiza, con 11 años–, me decanté por la rama de humanidades, en parte por recomendación de mis profesores de aquel entonces que vieron en mí un potencial hombre de letras, y, por otra parte, porque ya me gustaba la lengua y los idiomas (siguen en mi memoria esas primeras escuchas en casete de alemán: «Ich heisse Hans, Hans Shaudi»). El caso es que en 6.º empecé con el Latín, pero no era tan fácil como pensaba y me costó aprobarlo.

Llegado a Madrid, en 1993, cambio de aires, me centré menos en los estudios y más en el baloncesto (influido por las series de moda estadounidenses). Ese año empecé con el inglés, con bastante éxito.

Una vez en Málaga, en 8.º de EGB (sí, ya tengo mis añitos, jeje), todo siguió más o menos igual, excepto que por primera vez me había quedado una asignatura para septiembre: Matemáticas. Lo curioso es que después me decanté por estudiar ciencias en BUP, me dejé llevar por «las salidas» y las contradicciones propias de la adolescencia. Por ese motivo pasé por el instituto sin pena ni gloria, siendo un alumno del montón.

En los siguientes años seguía haciendo deporte (de forma menos intensa) y me centré en el arte, el trabajo y en los libros. Desde el 2003 habré devorado, perfectamente, más de 500 libros. Aquello fue lo que hizo resucitar ese «potencial hombre de letras», y la verdad es que mis profesores de primaria dieron en el clavo. Me decanté por Filología Inglesa y allí aprendí realmente lo que es redactar y traducir textos (incluso del inglés antiguo y medio), aunque no de forma tan exhaustiva como en el grado de Traducción e Interpretación.

Por eso, nada más terminar la carrera, estuve sopesando entre estudiar el Máster en Profesorado o el de Traducción para el Mundo Editorial (de la Universidad de Málaga). Decidí estudiar el segundo. Me quede maravillado con todo lo que conlleva la profesión de traductor: documentarse, redactar correctamente, la lingüística aplicada, los informes de lectura, la fiscalidad, etc.

Pero ese hombre de ciencias también sigue ahí, ya que actualmente estoy estudiando el pensar, sentir y comportarse del ser humano: Psicología. La idea es investigar en todo lo relacionado entre la mente y la lingüística, y, cómo no, traducir manuales de psicología.

Por tanto, se puede decir que mi amor por las letras ha sido un auténtico juego de cortejo entre los idiomas, la cultura y yo. Y me han conquistado definitivamente, a fuego lento, como los buenos platos caseros, configurando parte de mi manera de ver el mundo.

Por eso, lector, no te tomes la dicotomía de ciencias y letras como excluyentes, sigue tu intuición y fórmate de lo que realmente te gusta. El dinero vendrá después; no caigas en el error de dedicarte a ganar dinero primero con algo que no te dice nada, para que un día trabajes de lo que te satisface. La vida es demasiado corta como para no ser feliz en el trabajo.

Imagen: Andrea Levy

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